Su mano en su muslo
Ella se inclinó sobre él. Él yacía en el sofá. Su boca estuvo en su pecho, bajo el rojo del vestido. Los primeros segundos fueron así.
Su cabello oscuro cayó hacia adelante. Formó una cortina entre su rostro y la luz. Sus mechones largos rozaron el hombro de su sudadera negra.
Su mano izquierda buscó apoyo. La palma se abrió sobre el cojín del sofá, cerca de la cabeza de él. Los dedos se hundieron en la tela.
Él no movió las manos. Permanecieron a sus costados. Sus nudillos blancos descansaban sobre la misma tela del sofá.
Luego, la mano derecha de ella se posó en el muslo de él. La yema de los dedos presionó la fibra áspera del algodón negro. La mano no se deslizó. Solo estuvo allí.
Esa presión fue la primera. Su mano en su pierna. Un punto de contacto nuevo. Él respiró. El pecho se elevó bajo la boca de ella. Ella no apartó la mano.
Minuto y doce segundos. La boca de él seguía en su pecho. La mano de ella seguía en su muslo. Ninguno de los dos cambió de posición. La habitación guardaba el silencio. El cuadro en la pared, la lámpara, la mesa-baúl. Todo quieto.
Después, él movió un brazo. Lo flexionó. Su mano subió. No tocó a ella. En su lugar, su palma encontró el muslo de él, justo al lado de donde estaba la mano de ella. Sus dedos se cerraron sobre su propio pantalón.
Ella terminó lo que hacía con la boca. Enderezó la espalda. La cortena de cabello se corrió. La luz de la lámpara tocó de nuevo su nuca. La mano en el muslo de él se retiró. Volvió al aire.
Él se incorporó. Se sentó a su lado en el sofá. El calor de su boca se fue del vestido rojo. El lugar donde había estado su mano en su muslo quedó vacío.
Su mano derecha, quieta
Su mano derecha quedó quieta sobre su cadera. Él la había dejado allí. Sus dedos se curvaron ligeramente sobre la tela roja, sin apretar. Era un peso constante, un anclaje.
Su otra mano ya estaba en movimiento. Cruzó el espacio entre ellos. Esa mano, la izquierda, subió por el costado del vestido. Los dedos encontraron la cremallera en el flanco. Tiraron del metal hacia abajo, sin prisa. El vestido rojo se abrió unos centímetros.
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La mano derecha no se movió de la cadera. Sostuvo su posición mientras la izquierda trabajaba. La abertura del vestido reveló un triángulo de piel en el vientre. La mano izquierda se posó allí. La palma estaba caliente y plana contra su abdomen. Ella no se encogió. Su respiración subía y bajaba bajo aquel contacto doble: una mano inmóvil en la cadera, otra quieta ahora sobre el vientre.
El cambio de posición
Él se desplazó. Su cuerpo se deslizó hacia abajo por el sofá. La mano derecha se despegó finalmente de la cadera. Siguió el recorrido de su torso, como arrastrada. Se posó, por un instante, en el costado de su cintura.
Luego, esa mano también bajó. Ambas manos de él estuvieron entonces a los lados de su cuerpo, cerca de las costillas. Su boca estaba ahora a la altura del vientre que había descubierto. Su aliento calentó la piel antes que sus labios. Ella continuó acostada de espaldas. Sus propias manos descansaban a los lados, los dedos semiabiertos. No tocaban nada.
Él besó su abdomen. Fue un contacto suave y directo, sin rodeos. Los labios se posaron justo debajo del ombligo. Allí se quedaron. No hubo más movimiento durante varios segundos. Solo aquel punto de unión, el calor de su boca en su piel, y el peso de sus manos a ambos lados de su torso, quietas otra vez. La habitación no tenía más sonido que el de dos respiraciones.
Ella se sentó
Él se quedó de pie junto al sofá. Ella se separó de él y se sentó en el suelo. Se inclinó hacia adelante.
Sus manos no tocaron nada. Sus brazos cayeron a los lados. Sus palmas descansaron sobre el suelo frío.
Ella movió la cabeza hacia él. Su boca encontró la cremallera de sus jeans negros. La abrió con los dientes.
Él no se movió. Sus manos permanecieron junto a sus muslos. Sus dedos no se cerraron.
Ella tomó su miembro con la boca. Sus labios se movieron lentamente. Su pelo oscuro cayó sobre su rostro.
Él respiró hondo. Su pecho se elevó bajo la sudadera negra. Luego exhaló.
La luz del lamparejo cayó sobre su espalda. La sombra de ambos se alargó sobre la alfombra. La pintura en la pared permaneció inmóvil.
- Ella se separó.
- Ella se sentó en el suelo.
- Ella inclinó su cuerpo.
- Ella abrió la cremallera.
- Ella tomó su miembro.
- Ella movió su boca.
- Él contuvo la respiración.
Así continuaron. La habitación guardó silencio. Solo el sonido de la respiración de él llenó el espacio entre ellos por un tiempo.

Sobre el cofre
Ella se incorporó del sofá. Sus pies descalzos pisaron el suelo frío. Caminó hacia el cofre que hacía de mesa. La madera era lisa bajo sus palmas. Se apoyó en el borde y se sentó. Deslizó el cuerpo hacia atrás hasta quedar tumbada sobre la superficie. La tapa del cofre permaneció cerrada. Su vestido rojo se extendió sobre la madera oscura.
Él se acercó. Se detuvo junto a la mesa. Su mano izquierda tocó la hebilla de su propio cinturón. La mano derecha se posó en el muslo de ella, donde el vestido se había subido. No ejerció presión, solo reposó allí. Su mirada recorrió el cuerpo de ella sobre el mueble.
Los objetos en la habitación guardaron sus posiciones mientras esto ocurría.
| Objeto | Dónde estaba | Qué pasó con él |
|---|---|---|
| El sofá | Contra la pared. | Quedó vacío. |
| El cuadro | Colgado sobre el sofá. | No se movió. |
| La lámpara | En una esquina, encendida. | Siguió iluminando la escena. |
| El cinturón | En la cintura de él. | Él lo desabrochó. |
| El vestido rojo | Sobre el cuerpo de ella. | Se arrugó contra la madera. |
Después de unos momentos, él se inclinó levemente. Su mano abandonó el muslo de ella para apoyarse en el borde del cofre, cerca de su cadera. El peso de su cuerpo se trasladó hacia adelante. Ella mantuvo la posición, tumbada, con la nuca apoyada en la madera. La siguiente acción rompió la quietud del cuarto.
Mientras él se inclinaba sobre ella
Él se puso de pie frente al sofá. Sus manos se posaron en el borde de la mesa. Ella se recostó sobre la madera. Su espalda descansó sobre la superficie. Sus manos se abrieron a sus lados. Sus palmas se apoyaron en la madera.
Él se inclinó sobre ella. Sus manos sostuvieron su peso. Sus brazos se tensaron. Sus dedos se hundieron en la madera. Su cuerpo se cernió sobre el de ella. Sus rodillas rozaron el vestido rojo.
Un cambio de posición
Él se movió hacia un lado de la mesa. Sus manos la guiaron por la cintura. Ella giró el torso. Sus caderas se desplazaron. Sus muslos se apoyaron en el borde. Sus pies abandonaron el suelo.
Ella se inclinó hacia adelante. Sus manos buscaron apoyo en el otro extremo de la mesa. Sus dedos se aferraron al borde. Su espalda se arqueó. Su cabeza quedó entre sus brazos. Su pelo oscuro cayó sobre la madera.
Él se colocó detrás de ella. Sus manos tomaron sus muñecas. Sus dedos se cerraron alrededor de ellas. Sus pulgares presionaron suavemente. Sus brazos la mantuvieron en su lugar. Ella no movió las manos.
Sus manos en sus caderas
Él se detuvo un momento. Su respiración era más lenta. Sus manos estaban quietas sobre el rojo de su vestido, sobre la curva de sus caderas. Los dedos no apretaban. Solo estaban.
Ella no se enderezó. Permaneció inclinada hacia delante, con las palmas apoyadas en la superficie lisa del arcón. Sus hombros subían y bajaban. Un mechón de su pelo oscuro se había pegado a su nuca.
Él deslizó sus manos hacia adelante, por los costados del vestido, hasta encontrarse con sus manos en el arcón. Sus dedos cubrieron los de ella. No los entrelazaron. Él los presionó contra la madera.
Ella giró la cabeza hacia un lado, apoyando la mejilla en el frío del mueble. Sus ojos estaban cerrados. Él miró la línea de su espalda, el brillo del vestido arrugado. Inclinó su cuerpo sobre el de ella.
Sus manos, bajo las suyas, se movieron. Ella giró las palmas hacia arriba. Sus dedos se abrieron. Él deslizó los suyos entre ellos, llenando los espacios vacíos. El agarre fue firme.
Así se quedaron. Sin moverse. Su peso sobre ella, sus manos unidas sobre la madera del arcón. La luz del flexo caía sobre sus nudillos blancos. En la pared, la pintura colgaba recta. No hubo más gestos.
La última minuta pasó con ellos así. Sus manos, sobre el arcón, fueron lo último. Luego, la quietud.